Y nació el primer cachorro.


Mi primer hijo nació en día del cumpleaños de mi papá, por lo que son tocayos de nombre y comparten cumpleaños.

El parto estaba programado para finales de enero (40 semanas) y había quien me decía que me iría hasta principios de febrero, a las 38 semanas mi bebé decidió nacer después de un embarazo muy tranquilo, unos días antes se me había subido la presión pero no me imaginé que se trataba del inminente parto. Fue muy bonito, el jueves por la mañana,  el papá oso se acaba de ir a trabajar, eran las 7:00 am; yo me quedé acostada en la cama,  escuché que se alejaba la camioneta y empecé a sentir un leve dolor en el bajo vientre como un cólico menstrual y lo supe, el trabajo de parto empezaba. Me quedé acostada un rato más, me levante a desayunar y a empezar a limpiar la casa, preparé la comida y me dispuse a dejar todo listo para mi ausencia por unos días.

Pude hacer mis actividades normalmente, el dolor iba aumentando ligeramente era bastante tolerable, a la hora que el papá oso regresó a comer, le dije que debía llamar a su trabajo y avisar que no regresaría, que me llevaría al hospital mínimo por una revisión, pero debía ir por la camioneta que había dejado en casa de su mamá; por lo que sería hasta la tarde noche que iríamos al hospital. Él se preocupó pero procuré calmarlo, yo me sentía poderosa, con todo bajo control.

Por la noche más o menos a las 8:00 pm llegamos al hospital y me revisaron, me hicieron el famosísimo tacto, era la primera vez que me lo hacían y fue ¡horrible!, lo peor de mi parto; yo que había llegado al hospital con el gran entusiasmo y ese tacto, me devolvió a la realidad de lo que estaba por pasar. Me dijeron que estaba a penas de 3 cm de dilatación, que me regresara a casa, cenara y me durmiera, que volviera por la mañana para ver cómo iba, yo estaba segura de que no sería cuestión de mucho tiempo pero volvimos a casa. Durante el regreso empezaron las contracciones a ser más fuertes y más cercanas, ya no podía ir sentada cómodamente, para colmo el papá oso estaba ya más nervioso y empezó a hablar de su “amiga Natalia”, su mejor amiga de la preparatoria, que debo contarles no es muy santa de mi devoción, así que yo con mis contracciones y el papá oso hablándome de la fulana esa, que dicho sea de paso no me hecho el feo, pero ya saben los celos afloran.

Llegamos a casa y pasamos a comprar algo para cenar, mi dolor ya era más fuerte, le di algunas mordidas a unos tacos muy buenos de pollo y bistec que venden en el Mercado de Jamaica pero no pude más, me fui disque a acostar.

Allí empezó lo bueno, las contracciones cada vez eran más intensas, el papá oso se acostó conmigo y le pedí que se mantuviera despierto y me ayudara a controlar la respiración, me ayudó mucho, de ratos se quedaba dormido y yo le apretaba la mano para que me ayudara, pero perdí el control totalmente, no quería ir al hospital porque no quería otro tacto y que me volvieran a regresar, tener que subir y bajar los cinco pisos del edificio donde vivíamos en vano.

A las 4:00 am ya sentía ganas de pujar, me dieron ganas de vomitar y manche el cobertor con diseño del piel de vaca (me chocan las cosas de “vaquitas” pero amo ese cobertor)

Poco después de eso se me rompió la fuente y fue obvio que debíamos irnos al hospital, me bañe y todo pero el papá oso ya estaba desesperado, no entendía mi necedad de no haber salido antes de eso rumbo al hospital,  el dolor era ya muy fuerte y  en mi delirio le había dicho que si me tenían que hacer cesárea que fuera lo que fuera.

Pobre papá oso, el camino al hospital se nos hizo eterno, yo iba gritando del dolor, por la incomodidad de tener que ir sentada en la camioneta y no poderme recostar o cambiar de posición; aguanté lo más que pude pero pude haber parido en el camino, en esa camioneta azul que habíamos comprado varios años atrás, que se desvíelo y le recuperaron casi todo el motor, en esa camioneta azul que aún hoy nos acompaña, nuestra Chevrolet S10 1995.

Llegando al hospital me ingresaron de inmediato, claro, con mi respectivo tacto, allí si “chillé como puerco en matadero”, como se dice muy coloquialmente.

Es muy curioso el alivio que puedes llegar a sentir en cuento se te rompe la fuente, como que se libera un poco de presión, en los minutitos entre contracciones se siente mucho alivio, pero la contracción es mucho, mucho más fuerte.

Ya no me pusieron oxitocina, sólo la anestesia local para la episiotomía, que yo no quería pero quien ha parido en México en el Sector Salud Pública, sabe que lo que quiera la madre no importa. Mi hijo nació literalmente en tres pujidos, allí si me porte muy bien, todo fluyó, el niño nació  a las 7:05 am del viernes.

No sabía sobre los tactos, tampoco sabía que después de que sale el hijo, la placenta y todo lo que tiene que salir, te introducen un aparatillo, que no pude ver y te piden que te relajes y que respires como si estuvieras corriendo y que eso ayuda como a prevenir desgarros, ¡qué cosa más incómoda!, lo odie y allí volví a chillar como puerco.

La recuperación fue muy buena, no sangre mucho y me dieron de alta normalmente.

Yo le había pedido al papá oso que no le avisara a nadie que estaba en trabajo de parto, que quería pasar por eso sólo con él, que a él le tenía la suficiente confianza, pero no pensé que él si necesitaría apoyo,  estaba tan asustado como yo y requería de alguien que lo acompañara, de hecho creo que no tiene la suficiente fuerza para acompañarme en un trabajo de parto, pobre, lo hice pasar un mal rato.

Esta fue la historia de mi primer parto, no fue nada sobrenatural como otros, miles de niños nacen cada minuto en el mundo, pero cada madre recuerda lo que aprendió durante todo este proceso, cada una atesora un momento especial de lo más importante para la vida de las personas y que al final pasa como sólo parte del proceso biológico de la vida.
Yo…
Aprendí que puedo tener el control y que lo puedo perder con la misma facilidad.

Aprendí que puedo ser más miedosa de lo que pensaba.

Aprendí que los hijos vienen a nuestra vida para ayudarnos a ser mejores, ellos nos enseñan a ser buenos.

Aprendí o más bien, confirme que papá oso es más vulnerable de lo que pensé y que no estaba listo para acompañarme en otro trabajo de parto.
Fue un grave error no hacer participar a mi madre de mi trabajo de parto, fue muy triste para ella no haberla dejado ser la gran matrona que había sido con mis cuñadas.

No cambiaría nada de ese trabajo de parto y ese nacimiento, sólo trataría de no perder tanto el control.
Perdóname mamá, perdóname papá oso, ustedes se llevaron la parte más triste de esta historia.

 

 

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